Amor y pelos.

Hace pocos días experimenté la perdida de la única hija peluda que he tenido. Me enseñó a fundirme de amor, a comunicarme con ella, experimentó mis temores y me aguantó las novatadas de primeriza. Además hizo la función de madre sustituta para cuidar y amar durante mi ausencia a mis propios hijos, fué la depositaria silente de las alegrías y tristezas de toda la familia.

Recuerdo que apareció en nuestra vida, sólo cuando mis hijos estaban en capacidad de asumir la responsabilidad de una mascota. Aún sin saber como educarla, el sentido común y la experiencia de tener ya dos hijos, me permitieron poner mi granito de arena para educarla en lo básico y que la convivencia fuera fácil, puse algunos límites que fueron aceptados a regañadientes por el papá y los hijos, que en mi ausencia transgredían pero que ella, Susy,  inteligentemente respetaba mientras yo estaba en casa.

Me conquistó con su ternura, era una labradora negrita, con una orejas divinas y sus garritas enooormes en proporción con su cuerpo. Recuerdo que una de mis condiciones para tener una mascota era que no soltara pelos, ignorantes nosotros al pensar que porque tenía pelo corto, soltaba poco pelo. Encontrarnos sus pelos por toda la casa como un tapete y tener que barrer hasta 3 veces al día y uno que otro pelo volador en la comida, fue tal vez mi mayor esfuerzo de tolerancia.

Poco a poco pasé del fastidio por el olor a animal, de lavarme las manos cada que la tocaba a preocuparme por su bienestar, a compartir con ella, a acariciarla, untarme de sus babas, acercar su cara a mi cara, conversarle como a un humano y a hacerla una hija mas. Crecí en un ambiente completamente urbano, en un hogar donde no tuvimos mascotas (sólo una, cuando estaba demasiado pequeña para valorarla), por eso todo era nuevo para mi.

Ella fue una damita siempre, inteligente como ninguna, con un temperamento calmado, apacible, respetuosa, independiente y amorosa. Bueno, lo de damita es un decir, su tamaño y algunas costumbres que tenía la hacían ver bruscota, sin mucha elegancia, tal vez así, como deberíamos ser todos, ¡auténtica!, tenía gran personalidad. No se sentaba, se amontonaba sobre su cola con las patas abiertas y desparramadas, y se frenaba con las patas delanteras, a veces parecía que se resbalaba; se acostaba de medio lado, siempre sobre su pata izquierda, tanto que ya tenía un callo. Se acostaba boca arriba patiabierta para que le rascáramos la pancita con su cabeza hacia atrás, sus orejas se paraban y su carita parecía la de un murciélago, hermosa!.

Creció con mis hijos, tranquila, demandaba su cuota de amor, nos buscaba a cada uno para pedirla y respondía a manos llenas con la suya. Aceptaba tranquilamente cuando la rechazábamos y esperaba pacientemente hasta que le poníamos atención.

Ella nos enseñó el poder de la persuasión pasiva. Aprendimos como puede uno conseguir lo que quiere del otro solo con la presencia tranquila, una que otra caminada disimulada alrededor cada tanto para llamar la atención (¡como si fuera posible ignorar un animalote de ese tamaño!), una mirada tímida, un pequeño roce para no interrumpir. Tenía tacto, delicadeza pero gran persistencia.

Fue compañera de caminatas a las que no me resolvía a invitar con frecuencia, pues no se si era yo quien la sacaba a ella o ella a mi, yo llegaba muerta del cansancio al ir tras ella y hacer fuerza para que caminara mas despacio, pero aun así, era una delicia salir con ella, era amorosa con todas las personas y animalitos que nos encontrábamos en el recorrido.

Siempre dije que Susy era muda (jajaja), no ladraba, creo haberla escuchado ladrar menos de 10 veces en 9 años. Pero era una fortachona que inspiraba respeto cuando lo hacía.

Ella, Susy se convirtió en una presencia amorosa, que pedía poco y lo daba todo y a todos. Incluso a mi, que era la que más distancia mantenía con ella y no me olvidaba aunque en el último año la vi pocas veces.

Se fue después de una enfermedad que no se le descubrió a tiempo, ya era su momento. Pude despedirme y darle las gracias por ser parte de nuestra vida, por acompañar y cuidar a mis hijos este tiempo y por dejarnos su lección de amor incondicional, solo hasta ese momento el de la despedida lo entendí, esa era su misión con nosotros, enseñarnos lealtad, tolerancia, paciencia pero sobre todo amor incondicional.

Gracias Susy, se que desde allá, sigues con nosotros.

Gracias a este blog, por permitirme expresar unos sentimientos que nunca pensé sentir por un animalito. Hoy se que ella fue un ser de luz que trajo grandes bendiciones a mi familia.

 

 

 

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